¿Dónde están realmente nuestros recuerdos?

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Recientemente me he dado de baja de Spotify, después de más de 6 años de usuario premium. Para mi sorpresa me he dado cuenta de que la app ha cambiado su uso gratuito, donde los anuncios siguen teniendo cabida pero donde el usuario ya no tiene el poder de elegir la canción que quiere escuchar. Sí, el poder lo asume el algoritmo. Al entrar a cualquiera de mis playlist favoritas solo veo que menciona a algunos artistas de la lista, pero dejo de ver mis canciones favoritas y de poder escuchar exactamente lo que quiero.

Pero no hay ningún problema hasta aquí, el inconveniente viene cuando intento recordar los nombres de las más de 300 canciones que tengo en una de mis playlist. O cuando quiero escuchar esa canción indie que nunca recuerdo el nombre pero sí recuerdo en que playlist está. O cuando intento reemplazar Spotify con Youtube, o inclusive Youtube Music, y me doy cuenta que aún es imposible que estas herramientas puedan tener mi historial musical de los últimos años y, no menos importante, mis playlist.

Y aquí es cuando pienso… ¿Dónde está mi biblioteca musical? ¿Acaso toda se encuentra en “La Nube”? ¿Ya no podré volver a escuchar a mis canciones favoritas a menos que vuelva a pagar la suscripción a Spotify?

 
Podemos consumirlo todo, sin ser realmente dueños de nada.
Tecnología Móvil

Cada vez, se escucha más el término de “La Nube” (en inglés The Cloud) y la razón es que si miramos a nuestro alrededor nos daremos cuenta que la mayoría de nuestros datos, documentos, fotos, vídeos y música se encuentran almacenados allí, en La Nube. Este termino, sencillamente hace referencia a cualquier servicio o aplicación que se conecta a servidores en cualquier lugar del mundo, a través de Internet y de dispositivos como móviles, ordenadores o tabletas. Estos servidores atienden las peticiones de los usuarios al momento, enviando o mostrando contenidos digitales solicitados y alojados allí.

De esta forma podemos tener miles de Gigas en álbumes de fotos, vídeos y documentos en “La Nube” (Google drive, iCloud, Dropbox) y no disponer de un hardware físico donde guardamos nuestra información y nuestros recuerdos más valiosos. Inclusive, en algunos casos, intercambiamos nuestros datos personales y nuestra privacidad por algunos likes y por observar la vida de otros desde nuestro móvil (Instagram, Facebook, Twitter).

Nos hemos convertido en la generación del sharing y de las experiencias. La generación que puede compartir, a través del móvil, coches eléctricos (Car2Go), contenidos digitales como música (Spotify, Apple Music) y series y películas (Netflix, HBO, Amazon Prime y recientemente se ha sumado Apple TV+). O inclusive, la generación que puede disfrutar de leer libros en dispositivos digitales y adquirirlos donde quiera que estés tan solo con un click (literalmente). Somos la generación que puede consumirlo todo sin ser realmente dueños de nada.

Los datos no mienten

En noviembre de 2018, 33% de consumidores en EEUU tienen al menos 2 suscripciones a algún proveedor de contenidos como Netflix, HBO, Amazon Prime y Hulu, y 22% está suscrito a 3 (según estudio de Business Insider). A finales de 2018 Netflix ya contaba con más 137 millones de suscriptores en todo el mundo y HBO con 134 millones.

Por otro lado, también nos encontramos que más de 1.000 millones de usuarios usan Google Drive y sus productos, mientras que más de 782 millones de personas confían en iCloud, ambos servicios considerados como “Nube”.

Vivimos en un mundo de más de 4.021 millones de personas conectadas a Internet (53% de su población mundial) y donde 49% de estos internautas están conectados desde su móvil.

Entonces no soy la única que ha dejado de usar discos duros externos, que ya no divide el disco duro de su ordenador en dos partes, una para almacenar información y otra para el sistema operativo. Tampoco soy la única que dejó de comprar CDs y coleccionarlos como si fueran el activo más valioso que pudiese tener en mis manos. Ni la única persona en el mundo que dejó de imprimir fotos y guardarlas en grandes álbumes que se abren cuando nos sentimos nostálgicos y queremos recordar.

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Inclusive, he llegado a tener el instinto de buscar una foto en mi perfil de Instagram, antes que en mi móvil. No me molestaba compartir fotos, y exponerme en una plataforma con más de 800 millones de usuarios, hasta que en 2018 salió a la luz los escándalos de Cambridge Analytics y Facebook y me ayudó a tomar conciencia del valor de mis datos y mi privacidad. Tampoco debo ser la única que ha dejado de usar el teléfono fijo (no tengo en casa) y que se comunica con llamadas de Whatsapp, Facetime o Hangout. Ni la que ha cambiado el papel y los libros por un dispositivo ligero de 206 gramos conectado a Internet.

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El mundo cambió. La tecnología nos acostumbró a la accesibilidad, la inmediatez, a disminuir la capacidad de nuestra memoria y a la pereza de pasar al mundo físico lo que tenemos en digital.

Lejos quedaron los cassettes, CDs, Walkmans, las cámaras analógicas, los libros, el papel, las agendas y libretas. Poco a poco desaparecen nuestros activos físicos más sencillos y los cambiamos por móviles de última generación, tablets, Smart TVs, cascos inalámbricos y Kindles con texturas que simulan al papel (Paperwhite).

Y yo me pregunto: ¿Qué pasa si se apaga La Nube? ¿Qué pasa si Facebook un buen día quiebra o se cae y deja de brindar su servicio “gratuito” a todos nosotros? Y en ese colapso tecnológico se lleva también a Whatsapp e Instagram (que también pertenecen al mismo dueño, Zuckerberg). No sería la primera vez que ocurre. Ya han habido varios precedentes donde alguna de estas plataformas deja de funcionar por algunas horas y sus usuarios entran en desesperación. Recientemente MySpace, una de las redes sociales más relevante de los 2000, eliminó contenidos subidos a la plataforma entre 2003 y 2015 al realizar una migración de servidores. Más de 50 millones de canciones de 14 millones de artistas diferentes se han perdido, parte de nuestra historia reciente también se perdió con ellos.

¿Qué pasaría si Amazon y Google (como grandes vendedores de ebooks) deciden dar de baja su servicio? O sencillamente eliminan sus ebooks por error en una migración de servidores. Cualquier parecido a realizar una gran hoguera con casi todos los libros del mundo sería casualidad. También perderíamos gran parte de nuestra historia reciente.

Y en unos años… ¿Cuál será la próxima tecnología para disfrutar de mi música y mis películas favoritas? ¿Podré volver a disfrutar de ellas y adquirirlas en algún formato físico como hice en los 90s?

¿Dónde estarán mis fotos cuando sea mayor? ¿Podré mostrárselas a mis nietos como lo hicieron nuestros padre y abuelos?

No tengo clara ninguna de esas respuestas. Solo sé que al exponernos cada vez más a la tecnología, somos más vulnerables a ella, haciendo que nuestro más atesorado recuerdo puede depender totalmente del entorno digital. Definitivamente, solo sé que el próximo mes no dudaré en pagar mi suscripción a iCloud, que tarde o temprano volveré a ser usuario premium de Spotify y que las palabras que lees ahora mismo están únicamente almacenadas en La Nube.

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Precisamente porque tenemos cierto margen de elección con respecto al uso de las nuevas tecnologías, sería preferible que comprendiéramos qué está sucediendo y decidiéramos qué hacer al respecto antes de que ellas decidan por nosotros.
— Yuval Noah Harari

Esto lo dice Yuval Noah Harari en uno de mis libros favoritos, Homo Deus (que por cierto leí en formato ebook).

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Cristina Peñaloza

@cristinapm18